Odio los funerales. No me gustan nada. Porque si son de una persona querida o cercana, me duele el corazón. Pero si son funerales de compromiso aún me gustan menos. Entre otras cosas porque me tengo que poner de traje y corbata, indumentaria que sólo utilizo para ir a trabajar. Y si encima es un funeral de compromiso en mitad de las vacaciones veraniegas, ya es el colmo de todos los males. Sólo se alivian porque si tienes la oportunidad de situarte entre las últimas filas, en las que suelen concentrarse los que acuden por compromiso, puedes ponerte al día de los chistes de última moda. No hay nada más emocionante que tratar de no descojonarte por un buen chiste en medio de un funeral.
Recuerdo el funeral de una tía abuela a la que enterramos en Montjuic, en un panteón de la familia. Se habían muerto tantos, que el panteón estaba a rebosar. Los funcionarios de las pompas fúnebres tuvieron que hacer sitio pico y pala en ristre. El panteón tenía una puerta de entrada a la que se accedía por unos peldaños. Por dentro, como si de un piso Trujillo se tratara, se hacinaba parentela diversa. Muy justo debía ser, pues los operarios se esforzaban de lo lindo en habilitar espacio para la nueva inquilina. Tras unos sonoros mamporros, se escuchó un estruendo de cascotes, acompañado de un sinfín de maldiciones proferidos por los operarios. Cesó el ruido de los cascotes a la par que una nube de polvo grisáceo salía por la puertezuela del panteón. Pero no es lo único que salió. Acompañado de un rítmico sonido a hueco, como cuando se golpea una calabaza seca, un cráneo bajó lo peldaños y rodó hacia la parentela viva que hacía corro en el panteón. Ante el estupor generalizado, gritos y llantos de todas las tonalidades imaginables, la calavera siguió rodando hasta posarse a los pies de mi tía, quedando la nuca al suelo y mostrando la mejor de las sonrisas de la que sólo una calavera es capaz de mostrar. Mi tía, que es un persona muy entera, se la quedó mirando. Si inmutarse lo más mínimo exclamó, “Ay tío Humberto, guasón hasta después de muerto”, y con gran habilidad, le propinó un puntapié al tío Humberto de tal guisa que entró por la puerta de la que no debía haber vuelto a salir nunca. Se oyeron algunas maldiciones más por parte de los operarios, a quienes no debió gustar la reentrada del tío Humberto. Es el funeral más pintoresco que recuerdo, sobre todo porque me consta que mi tía sería incapaz de chutar un balón con la maestría que demostró con el tío Humberto. Pero no fue el único.
Sucedió que murió la madre de unos amigos de mis padres en mitad del mes de agosto. La finada era natural de Gerona, y tuvo la delicadeza de dejar en sus últimas voluntades el de ser inhumada en el cementerio de un pequeño pueblo del Alto Ampurdán gerundense, en el que por lo visto, había pasado gran parte de su juventud. Mis hermanos estaban disfrutando de sus vacaciones por sitios dispersos. Yo era el único que ese día estaba en casa. Como suele suceder en cualquier familia de bien, mis padres insistieron en que debía acompañarles al sepelio de la difunta, señora a la que no había tenido la oportunidad de conocer en vida. Por tal motivo, resultaba obvio que fuera a despedirla ahora que estaba bien muerta.
Con el entusiasmo bajo mínimos, me visto el traje y la corbata negra que tengo para las ocasiones. A cuarenta grados y con traje oscuro, brillante manera de pasar uno de mis días de vacaciones. Por suerte, mi padre tenía aire acondicionado en el coche. Ahora es habitual, pero corría el año 1976, y por aquel entonces no todos los coches gozaban de tal comodidad. Era un Volvo Station Wagon, de color azul oscuro, la verdad es que molaba un montón y por aquel entonces, habían muy pocos como éste en España. Fue la mejor solución que mi padre encontró para embarcar de una sola tacada a toda su familia, léase su señora y cinco vástagos.

Era casi el mediodía e íbamos carreteando por las pequeñas calzadas ampurdanesas. Siempre me ha maravillado el paisaje ampurdanés. Las colinas redondeadas, algunas coronadas por una vieja masía y los interminables campos de cereales, rodeados de pinares. Llegamos al pueblecito. El sepelio era en la ermita del pueblo, que lindaba con el camposanto. Dejé a mis padres al pie de la ermita, y me apresté a buscar algún sitio a la sombra para aparcar. Al poco de arrancar, vi a un hombre junto a la entrada del cementerio, que me hacía señales para que me acercara. Al llegar a su lado, abrió las verjas de hierro y me indicó que entrase. Le dije que era amigo de los familiares de la difunta y que buscaba un sitio a la sombra para aparcar. El hombre me indicó que no faltaba más, que con este calor, lo mejor era estar a la sombra. Sin mediar más palabras, abrió la puerta y se sentó en el sitio del copiloto. Me lo quedé mirando perplejo, a lo que el hombre respondió con un “yo le indico donde tiene que dejar el coche”. Como vestía un uniforme gris con el escudo municipal, interpreté que sabía lo que se hacía. Sería éste un pueblecito organizado, con sitios para aparcar civilizadamente. Nos introdujimos en el cementerio y comenzamos a callejear por el mismo. Le pedí que si era posible, que mejor aparcar cerca de la ermita para luego no tener que caminar mucho. El hombre negó diciendo que mejor cerca de la tumba. ¿Cerca de la tumba?, pensé, que tontería. Llegamos a la tumba, la cual estaba abierta, esperando recibir a su inquilina. En ese momento el hombre se gira desde el asiento y mira hacia atrás. Observo que al pobre se le empiezan a abrir los ojos a la par que se le transformaba la cara. Finalmente, logró balbucear… “¿Otia, pero ande está el muerto?”. Pobre hombre, confundió el Volvo con el coche de difuntos. Sin decir nada, se bajó del coche como un rayo, y desapareció. Aproveché para buscar un sitio discreto como sombra y aparqué tranquilamente.
Cuando llegué a la ermita, mi madre, enfurruñada, me preguntó dónde había estado. Le dije que si me prometía no reírse, le contaba lo que me había sucedido. A sabiendas de la falsa promesa le cuento la anécdota. No sólo la escuchaba mi madre, si no también algunas de mis tías. Fue como encender una cerilla en un polvorín. Empezaron por aguantar la respiración. A medida que enrojecían, la presión del aire escapaba por las comisuras de sus labios emitiendo pedorretas de tonos diversos. Cuantas más sonaban, más se contagiaban. Las que mejor aguantaban, corrían la historieta de bancada en bancada. En menos de dos minutos, toda la parroquia estaba al caso de lo sucedido. Las risas llegaban incluso del banco de los familiares de la difunta. El párroco, que debió ser el único en no enterarse, miraba estupefacto el espectáculo poco habitual de observar a la congregación partiéndose el pecho en lugar de los lloros y lamentaciones habituales.
Odio los funerales. Aunque algunos, he de reconocer que han sido memorables.